Juan y Margarita

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Había una vez un niño pecoso, delgado, de rulos, que se llamaba Juan. Vivía en el campo, con sus padres y tres hermanas.

Juan prefería los días con nubes. No los días nublados, porque eso es otra cosa. Los días nublados son grises y a veces un poco tristes.

Por un lado, a Juan le gustaban los días con nubes porque esos días los atardeceres eran más brillantes, dinámicos y coloridos. No había cómo adivinar de qué color se pondría el cielo al momento siguiente y eso para Juan significaba una diversión.

Pero lo que Juan realmente disfrutaba de los días con nubes era acostarse en el pasto e imaginarse historias y personajes. A medida que las nubes pasaban por encima, él iba viendo las distintas formas que se transformaban en diferentes personajes de historias interminables. Algunos días las historias eran de caballeros, otros de animales salvajes, a veces había muchas plantas y otras veces muchas personas: gigantes, enanos, seres con dos cabezas o con tres piernas.

En los días de viento las historias eran especialmente rápidas y cambiantes. Los gigantes podían transformarse velozmente en serpientes o los conejos en cucharas. Sí, en los días de viento la imaginación de Juan iba a toda velocidad.

Un domingo, extrañamente tranquilo, en que no volaba ni una mosca ni una brisa, Juan miró al cielo y lo vio todo despejado. ¡Qué aburrimiento! Pensó en hacer otra cosa pero, casi por costumbre, se tiró en el césped. Allí se quedó pensativo, mirando sin ver, hasta que de repente sus ojos hicieron foco y descubrió que justo encima de su cabeza había aparecido una nube. Pero esta era diferente pues no necesitó ningún esfuerzo de imaginación para ver que era una flor, una margarita, claramente delineada. Tampoco necesitó imaginar ninguna historia porque la margarita estaba moviéndose… ¡y estaba hablándole!

La margarita empezó moviendo un poco la boca, siguió gesticulando cada vez con más ahínco y finalmente parecía que gritaba. Juan intentó oírla pero no lo logró. Claro, la nube estaba muy alto y muy lejos.

Anocheció y Juan se fue a dormir. Le costaba conciliar el sueño porque no podía dejar de pensar en aquella nube. ¿Qué querría decirle? Luego de un largo rato resolvió olvidarse del tema. Seguro que todo había sido fruto de su imaginación.

Al día siguiente era lunes, un día muy agitado en la casa. Juan no sabía por qué pero todos los lunes la gente grande se movía más rápido y se ponía más seria. Él hizo su cama, desayunó y cuando salió… ¡allí estaba la misma nube con forma de margarita! Juan no podía creerlo. Además, ahora le resultaba más evidente que la nube Margarita estaba hablándole a él. Pero él seguía sin oírla.

Se fue a la escuela pero se pasó todo el tiempo pensando cómo podía hacer para oír lo que la nube intentaba decirle. De pronto se dio cuenta: ¡si inflo globos, quizás pueda subir y llegar hasta ella!

Buscó entre sus juguetes y encontró todos los globos de su último cumpleaños. ¡Por suerte eran muchos! Infló tantos globos que cada tanto se mareaba. Y cada poco se paraba para mirar por la ventana y verificar que la nube Margarita seguía ahí.

Necesitó dos días para inflar los cincuenta globos. Los juntó a todos en un atado y corrió con ellos afuera. De repente sintió que subía. Al principio lentamente pero luego el ascenso iba acelerándose. Miraba hacia arriba y veía a la nube Margarita acercándose. Miraba hacia abajo y veía como su casa iba haciéndose cada vez más pequeña. Se sentía ansioso por llegar hasta la nube y a la vez un poco extraño porque estaba en el aire.

Al fin, llegó. No sabía cómo hablarle y, mientras pensaba, la nube Margarita extendió uno de sus pétalos y agarró a Juan de la mano. “Te agarro para que no sigas subiendo”, le dijo, con una voz profunda y dulce.

Juan logró decir, con un hilo de voz: “Muchas gracias”. Estaba impresionado porque nunca antes había hablado con una nube. Tragó saliva, juntó coraje, y le dijo: “Vine hasta aquí porque desde abajo no te oía… y parecía que estabas hablándome”.

— “Sí, llegué a gritar con todas mis fuerzas pero me di cuenta de que tú no me oías. Y estas corrientes de aire no me dejan bajar. Hace tiempo que te veo mirarnos y siento que nos tienes un poco de envidia… que a veces te gustaría ser nube a ti también”.

— “¡Es cierto!”, respondió Juan un poco pensativo.

— “¿Y por qué quieres ser una nube?”, le preguntó Margarita.

— “Porque todas ustedes se ven muy felices y livianas”.

— “¡Pero si tú también puedes ser muy feliz y andar por la vida muy liviano!”, le dijo Margarita, con tono alegre.

— “Mmm”, dudó Juan. “Yo creo que los humanos somos menos felices”.

— “Me parece que hay una forma de lograr la felicidad. ¿Quieres que te la cuente?”

— “¡Sí, sí! Quiero saberla”, le dijo Juan entusiasmado.

— “Pues solo tienes que hacer caso a tu buen criterio y actuar como tu corazón sienta que es correcto, sin darle ningún corte a lo que los demás piensen de ti. Si actúas así, nunca tendrás un peso de conciencia… que dicen que pesa mucho y es la razón por la que la mayoría de los seres humanos no pueden despegar sus pies del piso. Si eres honesto contigo y con los demás, siempre te sentirás liviano como una nube y seguramente serás feliz”.

— Juan observó su corazón y sintió que Margarita estaba en lo cierto. “Muchas gracias por tu consejo y te prometo que lo seguiré”, le dijo.

— “Creo que lo mejor es que ahora vuelvas a tu casa, Juan. Yo te prometo que te saludaré desde aquí siempre que pase por este cielo”.

En ese momento Juan se dio cuenta de que, aunque quisiera, no podría bajar. Los globos estaban atados y solo lo hacían subir. Se asustó mucho y sus ojos se llenaron de lágrimas.

— “Pero ¿qué te pasa, amigo?”, le preguntó Margarita.

Juan le explicó que no podría bajar nunca más.

La nube Margarita pensó y encontró la solución enseguida. Esperó a que viniera una brisa un poco más fuerte y comenzó a modificarse. Por un instante no tuvo forma de nada pero luego se fue transformando en una rosa perfecta. Juan no entendía pero esperaba atento y confiaba en su amiga.

La rosa tenía un tallo con largas espinas. Se acercó a Juan, le rozó su mejilla con uno de los pétalos suaves y después, con una de las espinas, pinchó uno, dos, tres… diez de los globos. Lentamente al principio y luego más rápido, Juan empezó a descender. Sonriendo se despidió de su nube amiga. Miró hacia abajo y vio cómo su casa se empezaba a acercar. Cada vez se veía más y más grande, hasta que aterrizó, no muy suavemente pero sin hacerse daño, al lado de la puerta de la cocina.

Cuando pudo desprenderse de los globos miró hacia el cielo pero no pudo ver más que estrellas. Ya había anochecido.

 

Cuento escrito para mi hijo, el 24 de abril de 2002. Solíamos inventar historias juntos y hubo un par que llegué a escribir. Otro montón se quedaron en aquel tiempo-espacio compartido y disfrutado.

 

 

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Seguramente el contenido de este blog no interesará a mucha más gente que a mí misma ya que por un lado no es mi intención matarme para que los textos sean correctos sino dejar fluir lo que tenga ganas de escribir, con alguna edición posterior, pero sin estrés. Parte de mi aprendizaje actual está justamente en crear y divertirme con la creación, sin estresarme con lo correcto e incorrecto. Porque si el Universo no tiene correcto e incorrecto, va siendo hora de que yo deje de lado esos conceptos también.

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