Un Crocodilus Zorrillensis y El Pulex Supremo: ¿nuestro fin?

El 23 de enero de 2018 sucedió en la atmósfera terrestre, en la latitud de Montevideo, Uruguay, un desencadenamiento de hechos con implicaciones para los humanos que aún no estamos en condiciones de evaluar. Resolví dejar constancia escrita. Es mi esperanza que presencias futuras con inquietudes pacíficas accedan a este material y le den el uso que consideren más apropiado.

Lo que inicialmente pareció una inofensiva tarde tormentosa de verano, transformaría la vida en nuestro planeta y, hasta donde se sabe, en la galaxia Andrómeda.

Todo empezó en Ross 248, la estrella de Andrómeda más cercana a la Tierra. Si bien 10,6 años luz puede parecer distante para un terrícola, las características de algunos habitantes de Ross 248 les permiten viajar esa distancia en 10,6 días terrestres. Se preguntarán, entonces, cómo nunca antes habíamos recibido visitas de ahí. Les pido un poco de paciencia, pues el relato de estos acontecimientos me acelera el ritmo cardíaco y la potencial importancia de esta crónica requiere de aplomo y rigurosidad. Descartaré entonces los detalles nimios, que únicamente sacien curiosidades intelectuales y me limitaré a los hechos que puedan echar luz a futuros investigadores.

La forma de vida más desarrollada en Ross 248 está representada por los Pulices, quienes ahora sabemos son vitales para los seres en la Tierra, aunque por una razón preocupante. Para poder reproducirse, los Pulices necesitan de un tipo de energía particular que la producen cierto tipo de pensamientos que hace millones de años no existen más en Ross 248: los pensamientos focalizados en un tiempo no presente. Cada pensamiento acerca del pasado o futuro genera la combinación exacta de protones, electrones y neutrones que son necesarios para que pueda nacer un Pulex. Para asegurarse la continuidad de su especie, los Pulices proveen de energía vital a aquellas estrellas de Andrómeda y al planeta de La Vía Láctea en los que habitan seres que continúan en un etapa temprana de desarrollo espiritual, y que se dedican a generar pensamientos futuros y pasados. Esos pensamientos generan emociones de angustia, preocupación, tristeza y demás que hace mucho han sido eliminadas en Ross 248, elevando así, tajantemente, su nivel de felicidad.

Los Pulices tienen una forma que se asemeja mucho a la pulga terrestre, con medidas que rondan los 70 x 40 metros, y su densidad atómica es baja en relación al cuerpo humano. Su aspecto es similar al de una nube.

Entre otras tareas, los Pulices en Ross 248 priorizan custodiar a una especie que los amenaza desde hace millones de años: el Crocodilus Zorrillensis. Su tamaño es entre diez y quince veces el de los Pulices y para desgracia de estos, consideran a sus carceleros su aperitivo favorito. Los Pulices los mantienen en celdas energéticas, en zonas que podrían asemejarse a los zoológicos terrestres, con una diferencia: si uno de ellos roza el cerco energético, muere inmediatamente. Cabe acotar que muchos Pulices ambientalistas han protestado por las condiciones en los que se mantienen a los Crocodilus Zorrillensis pero esta decisión del Pulex Supremo es justificada por la certeza de que su liberación significaría la extinción de los Pulices, y con ellos la extinción de todos los habitantes de las estrellas a los que ellos proveen de energía vital.

10,6 días antes del 23 de enero de 2018 sucedió que el Pulex encargado del mantenimiento anual de las celdas de los Crocodilus Zorrillensis cometió un error en la configuración y dejó desactivada una de las barreras energéticas. El ahí retenido escapó al instante. Su vuelo se dirigió hacia nuestro planeta, donde fue avistado y registrado, como dejo constancia aquí.

De inmediato sonaron las alarmas en Ross 248 pero, por primera vez en su historia, el Escuadrón de Seguridad se negó a perseguir al fugitivo, aduciendo que según la última interpretación de la Carta Rossidiana de los Derechos Pulicianos, perseguir a un Crocodilus Zorrillensis fuera de las fronteras de Andrómeda implicaba riesgos excesivos.

El Pulex Supremo sabía que el Crocodilus Zorrillensis buscaría informar a los habitantes productores de pensamientos futuros y pasados acerca de la manipulación a la que estaban siendo sometidos por los Pulices y que esto podría transformar el modo de pensar de esos seres, ergo llevar a los Pulices a la extinción. Así conseguirían la tan ansiada libertad pero terminaría con toda forma de vida pensante en Andrómeda y La Tierra.

Viendo que no recibía apoyo del Escuadrón, y siendo su única posibilidad de salvar a varias especies, el propio Pulex Supremo resolvió ir a La Tierra, detrás del Crocodilus Zorrillensis.

Al llegar a la latitud de Montevideo, Uruguay, se distrajo un momento observando algo que le absorbió toda su atención por unos segundos fatales: el paisaje costero uruguayo. Nunca había visto algo tan hermoso… y nunca lo volvería a ver, pues lo siguiente que oyó fue el chasquido de los dientes del fugitivo, que se deleitó con el aperitivo más exclusivo.

También dejo constancia del ataque fatal:

En ese preciso momento el Pulex Supremo fue eliminado y con él todo el sistema que hacía de sostén vital a, entre otros, los seres humanos.

¿Moriremos próxima y quizás indefectiblemente por falta de energía vital? Si bien es factible, me queda una esperanza, que comparto a continuación.

Mientras Crocodilus Zorrillensis se comía de un bocado al Pulex Supremo apareció un gran ojo observador, que miró a Crocodilus Zorrillensis muy fijamente y con gran desaprobación. Dejo constancia también de esto:

Mi esperanza es que este ojo pertenezca a alguna otra especie, de Andrómeda o quizás de otra galaxia, que también requiera de la misma energía que los Pulices y nos continúe proveyendo de energía vital hasta que los humanos encontremos la forma de generarla por nosotros mismos.

El legado de los Pulices hacia los terrícolas, en caso de que sobrevivamos, será habernos dejado la fórmula para aumentar nuestro nivel de felicidad: que los pensamientos se limiten al aquí y ahora.

 

24 de enero de 2018

Patricia Schiavone

 

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Juan y Margarita

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Había una vez un niño pecoso, delgado, de rulos, que se llamaba Juan. Vivía en el campo, con sus padres y tres hermanas.

Juan prefería los días con nubes. No los días nublados, porque eso es otra cosa. Los días nublados son grises y a veces un poco tristes.

Por un lado, a Juan le gustaban los días con nubes porque esos días los atardeceres eran más brillantes, dinámicos y coloridos. No había cómo adivinar de qué color se pondría el cielo al momento siguiente y eso para Juan significaba una diversión.

Pero lo que Juan realmente disfrutaba de los días con nubes era acostarse en el pasto e imaginarse historias y personajes. A medida que las nubes pasaban por encima, él iba viendo las distintas formas que se transformaban en diferentes personajes de historias interminables. Algunos días las historias eran de caballeros, otros de animales salvajes, a veces había muchas plantas y otras veces muchas personas: gigantes, enanos, seres con dos cabezas o con tres piernas.

En los días de viento las historias eran especialmente rápidas y cambiantes. Los gigantes podían transformarse velozmente en serpientes o los conejos en cucharas. Sí, en los días de viento la imaginación de Juan iba a toda velocidad.

Un domingo, extrañamente tranquilo, en que no volaba ni una mosca ni una brisa, Juan miró al cielo y lo vio todo despejado. ¡Qué aburrimiento! Pensó en hacer otra cosa pero, casi por costumbre, se tiró en el césped. Allí se quedó pensativo, mirando sin ver, hasta que de repente sus ojos hicieron foco y descubrió que justo encima de su cabeza había aparecido una nube. Pero esta era diferente pues no necesitó ningún esfuerzo de imaginación para ver que era una flor, una margarita, claramente delineada. Tampoco necesitó imaginar ninguna historia porque la margarita estaba moviéndose… ¡y estaba hablándole!

La margarita empezó moviendo un poco la boca, siguió gesticulando cada vez con más ahínco y finalmente parecía que gritaba. Juan intentó oírla pero no lo logró. Claro, la nube estaba muy alto y muy lejos.

Anocheció y Juan se fue a dormir. Le costaba conciliar el sueño porque no podía dejar de pensar en aquella nube. ¿Qué querría decirle? Luego de un largo rato resolvió olvidarse del tema. Seguro que todo había sido fruto de su imaginación.

Al día siguiente era lunes, un día muy agitado en la casa. Juan no sabía por qué pero todos los lunes la gente grande se movía más rápido y se ponía más seria. Él hizo su cama, desayunó y cuando salió… ¡allí estaba la misma nube con forma de margarita! Juan no podía creerlo. Además, ahora le resultaba más evidente que la nube Margarita estaba hablándole a él. Pero él seguía sin oírla.

Se fue a la escuela pero se pasó todo el tiempo pensando cómo podía hacer para oír lo que la nube intentaba decirle. De pronto se dio cuenta: ¡si inflo globos, quizás pueda subir y llegar hasta ella!

Buscó entre sus juguetes y encontró todos los globos de su último cumpleaños. ¡Por suerte eran muchos! Infló tantos globos que cada tanto se mareaba. Y cada poco se paraba para mirar por la ventana y verificar que la nube Margarita seguía ahí.

Necesitó dos días para inflar los cincuenta globos. Los juntó a todos en un atado y corrió con ellos afuera. De repente sintió que subía. Al principio lentamente pero luego el ascenso iba acelerándose. Miraba hacia arriba y veía a la nube Margarita acercándose. Miraba hacia abajo y veía como su casa iba haciéndose cada vez más pequeña. Se sentía ansioso por llegar hasta la nube y a la vez un poco extraño porque estaba en el aire.

Al fin, llegó. No sabía cómo hablarle y, mientras pensaba, la nube Margarita extendió uno de sus pétalos y agarró a Juan de la mano. “Te agarro para que no sigas subiendo”, le dijo, con una voz profunda y dulce.

Juan logró decir, con un hilo de voz: “Muchas gracias”. Estaba impresionado porque nunca antes había hablado con una nube. Tragó saliva, juntó coraje, y le dijo: “Vine hasta aquí porque desde abajo no te oía… y parecía que estabas hablándome”.

— “Sí, llegué a gritar con todas mis fuerzas pero me di cuenta de que tú no me oías. Y estas corrientes de aire no me dejan bajar. Hace tiempo que te veo mirarnos y siento que nos tienes un poco de envidia… que a veces te gustaría ser nube a ti también”.

— “¡Es cierto!”, respondió Juan un poco pensativo.

— “¿Y por qué quieres ser una nube?”, le preguntó Margarita.

— “Porque todas ustedes se ven muy felices y livianas”.

— “¡Pero si tú también puedes ser muy feliz y andar por la vida muy liviano!”, le dijo Margarita, con tono alegre.

— “Mmm”, dudó Juan. “Yo creo que los humanos somos menos felices”.

— “Me parece que hay una forma de lograr la felicidad. ¿Quieres que te la cuente?”

— “¡Sí, sí! Quiero saberla”, le dijo Juan entusiasmado.

— “Pues solo tienes que hacer caso a tu buen criterio y actuar como tu corazón sienta que es correcto, sin darle ningún corte a lo que los demás piensen de ti. Si actúas así, nunca tendrás un peso de conciencia… que dicen que pesa mucho y es la razón por la que la mayoría de los seres humanos no pueden despegar sus pies del piso. Si eres honesto contigo y con los demás, siempre te sentirás liviano como una nube y seguramente serás feliz”.

— Juan observó su corazón y sintió que Margarita estaba en lo cierto. “Muchas gracias por tu consejo y te prometo que lo seguiré”, le dijo.

— “Creo que lo mejor es que ahora vuelvas a tu casa, Juan. Yo te prometo que te saludaré desde aquí siempre que pase por este cielo”.

En ese momento Juan se dio cuenta de que, aunque quisiera, no podría bajar. Los globos estaban atados y solo lo hacían subir. Se asustó mucho y sus ojos se llenaron de lágrimas.

— “Pero ¿qué te pasa, amigo?”, le preguntó Margarita.

Juan le explicó que no podría bajar nunca más.

La nube Margarita pensó y encontró la solución enseguida. Esperó a que viniera una brisa un poco más fuerte y comenzó a modificarse. Por un instante no tuvo forma de nada pero luego se fue transformando en una rosa perfecta. Juan no entendía pero esperaba atento y confiaba en su amiga.

La rosa tenía un tallo con largas espinas. Se acercó a Juan, le rozó su mejilla con uno de los pétalos suaves y después, con una de las espinas, pinchó uno, dos, tres… diez de los globos. Lentamente al principio y luego más rápido, Juan empezó a descender. Sonriendo se despidió de su nube amiga. Miró hacia abajo y vio cómo su casa empezaba a acercarse. Cada vez se veía más y más grande, hasta que aterrizó, no muy suavemente pero sin hacerse daño, al lado de la puerta de la cocina.

Cuando pudo desprenderse de los globos miró hacia el cielo pero no pudo ver más que estrellas. Ya había anochecido.

 

Cuento escrito para mi hijo, el 24 de abril de 2002. Solíamos inventar historias juntos y hubo un par que llegué a escribir. Otro montón se quedaron en aquel tiempo-espacio compartido y disfrutado.

 

 

¡Hola!

Seguramente el contenido de este blog no interesará a mucha más gente que a mí misma ya que por un lado no es mi intención matarme para que los textos sean correctos sino dejar fluir lo que tenga ganas de escribir, con alguna edición posterior, pero sin estrés. Parte de mi aprendizaje actual está justamente en crear y divertirme con la creación, sin estresarme con lo correcto e incorrecto. Porque si el Universo no tiene correcto e incorrecto, va siendo hora de que yo deje de lado esos conceptos también.

Si así y todo quieres dar una vuelta por este mundejo patricístico, eres bienvenido. En el listado de la derecha encontrarás cosas raras.

¿Qué le hace un blog más a la vida, no? La idea, básicamente, es ahorrarme un cuaderno.

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